Conciertos de música clásica ¿un formato caduco?

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Por Mariana  Mastrogiovanni
La música clásica es el 4to género musical más escuchado por los uruguayos, según el informe «Imaginarios y consumo cultural» de 2014 . Pero en los hechos, aún hay mucho camino que recorrer en cuanto a formación de público, que sigue percibiendo a ésta expresión con un alto nivel de estatus y distinción social. La violista Mariana Mastrogiovanni propone una interesante reflexión sobre los conciertos de música y el vínculo con el público, planteando una propuesta concreta: hacerlos más accesibles para el público.

 

Un concierto de música clásica generalmente se desarrolla en el siguiente orden:

En el caso de la música sinfónica, llegada la hora del concierto, los instrumentistas ocupamos nuestros asientos y las luces de la sala se apagan. Entra el primer violín, quien estaba esperando según la costumbre tras bambalinas.

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Una vez afinada la orquesta vuelve el silencio, se hacen unos segundos de pausa y entra a paso raudo el Director, la orquesta se levanta unánimemente de sus sillas y el público aplaude hasta que nuevamente se hace silencio, ocupamos nuestros asientos y nos aprestamos a comenzar con la partitura.

Mientras se desarrolla la música, los espectadores deben escuchar en el más estricto silencio. Cualquier tos o estornudo repetido empieza a incomodar al público más cercano.

Pero el tema que hoy traigo a consideración tiene que ver con una situación que sorprende al oyente incauto y esta es que existe un código no escrito, una regla de conducta no especificada de antemano, que consiste en que NO se debe aplaudir entre los movimientos que componen una sinfonía o pieza musical. Es importante destacar que no hay ninguna nota en el programa de mano que se entrega al público, ni una advertencia previa por parte de los acomodadores, o voz en off antes de empezar la función que advierta de tal convención. Entonces, cuando aquel asistente que quizás está presenciando por primera vez un concierto sinfónico, se siente conmovido por lo que acaba de escuchar y lo quiere manifestar mediante un aplauso de reconocimiento a los artistas, es reprimido rápidamente por la concurrencia con chistidos, cabezas volteadas y miradas de reprobación.

¿Qué experimenta esa persona que va a un concierto por primera vez y comete ese “error” o falta? Probablemente se sienta avergonzado, que no pertenece al lugar y que no tiene los códigos ni la cultura necesarios para presenciar dicho espectáculo.

Según el crítico musical Alex Ross en una conferencia pronunciada en la Sociedad Filarmónica de Londres, cada siglo tuvo su propia modalidad de aplauso, y no fue sino hasta principio del siglo XX que cundió la idea de que uno debía permanecer en absoluto silencio durante una pieza con varios movimientos. Existen razones válidas para ello, como por ejemplo no romper el clima entre una sección y otra de una pieza musical.

Sin embargo, en otras manifestaciones artísticas como la música popular, la ópera o el ballet, después de cada acto de virtuosismo, ya sea una nota aguda al final de un aria de la soprano, o una pirueta ejecutada por un bailarín, o un solo de guitarra de una banda de rock es fervientemente aplaudida por el público en señal de aprecio a la maestría técnica del artista.

El acartonamiento de la performance de los músicos clásicos se percibe también en el escaso o nulo diálogo de los artistas con el público: son contadas las veces en las que un director se dirige a los presentes para comentar una obra. Paradójicamente cuando lo hace, la gente nunca se siente subestimada en su conocimiento, sino que agradece sinceramente la información brindada, puesto que le ayuda apreciar mejor lo que van a escuchar, y por sobre todas las cosas le resta severidad y tensión innecesarias al acto de presenciar un concierto.

No existen suficientes programas de formación de público que intenten explicar al potencial espectador las reglas básicas de apreciación de una obra musical, pero me pregunto si son  ellos los que se deben adecuar a las normas de un concierto, o si los músicos “clásicos” deberíamos finalmente abandonar la solemnidad de nuestras presentaciones, acercarnos a quienes dedicaron tiempo de sus vidas en venir a escucharnos, dialogar con ellos y permitirles manifestar su entusiasmo ante nuestro arte cuando ellos lo sientan y no cuando la etiqueta lo dicta. Si no nos adecuamos a la realidad actual del consumo de arte, se corre el riesgo de que el oyente deje la música clásica para escucharla en Spotify en su propia casa, donde tiene el derecho de servirse una comida, tomar una copa de vino o simplemente recostarse para disfrutarla sin limitaciones.


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Mariana Mastrogiovanni es una violista uruguaya, músico estable de la Orquesta Filarmónica de Montevideo. Ha actuado en diversas formaciones musicales abarcando géneros como la música de cámara, tango y rock. Se desempeñó como Secretaria de la Asociación Mujeres en Música Uruguay y es la creadora del Espacio Cultural Academia Musical Pocitos, lugar dedicado a la enseñanza de la música y a la difusión de eventos artísticos.

Linkedin: Mariana Mastrogiovanni

Espacio Cultural Pocitos

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