El bar de los pájaros

Tuve el impulso de bajar del ómnibus una parada antes de mi destino para saludarlo, pero decidí no molestarlo porque creo que en realidad iba escribiendo. O tal vez solamente contando los pasos en la aplicación de su celular. Me inclino por la primera. Decidí no molestarlo porque solo nos separaba una cuadra de distancia. Porque “la vida es una cuadra” ¿y quién soy yo para interrumpir el transitar de la vida de un escritor?

Nunca fui a bares como el que describe Agustín y no conozco a ninguno de los personajes que cobran vida en “El bar de los pájaros y otros relatos», pero lloré con la partida de Sandra y le regalé un abrazo y el más sincero pésame a Jorge, aunque él haya manifestado estar entero. También me alegré cuando Máximo hizo un rap de despedida para Sandra y hasta me dieron ganas de escribirle un poema, aunque no sé cómo hacerlo.

Mientras devoro este libro en los ómnibus me inquieto y busco por las ventanas un tapado color ocre. Cuando me bajo también. Me encapucho, camino y sigo buscando por las dos alas de 18 de julio. Descubro un Montevideo en el que llueve todo el tiempo. Un Montevideo que hasta cuando no llueve, llueve.

¿Cuántos lugares de Montevideo descubriste hoy? ¿Cuántos que ya habías visto pero que no conocías y cuántos que no habías visto nunca? ¿Cuándo se enamora alguien de un lugar al que no había ido nunca? Creo que leyendo un libro como este cualquier persona se puede enamorar de un lugar al que nunca fue.

Con una prosa atrapante, sencilla, legible, dulce, amable y no menos realista, Lucas nos cuenta la vida en una cuadra. El amor por los “cuadros chicos”, lo absurdo y miserable que pueden ser los cuadros grandes en el afán de ganar un hincha, un socio.

En el corazón de estas páginas se entrecruzan las vidas de Jorge y del otro Jorge, con las de un pibe que ama a Miramar Misiones. De un pibe que ama y punto. De un pibe que ahora ya es adulto y licenciado en el arte de jugar al fútbol. De un enamorado al que le cortaron las piernas. 

Él quería jugar, solo quería jugar en el mil rayas. El fútbol también es ingrato.

Es un libro que te estremece como el aleteo de un pájaro que se posa dentro del cuerpo. Es un libro que se lee de un sorbo. Como una medida de grapa. Como esa penúltima copa que nunca es la penúltima. Esa que al final te quema la garganta. Como esa grapa que nunca tomé.

En estas páginas siempre hay un partido prendido. Siempre hay un partido para ver. Como en el bar de los pájaros. Como en la vida misma. Hay poesía, amor, desamor, fútbol y más fútbol. Banderines, botellas, espejos, fotos, risas y llantos.

Hay otros relatos con historias de fútbol que te hacen vivir el fútbol, aunque nunca hayas sido jugador o pisado un vestuario. Vestuarios con libros viviendo en bibliotecas hechas con cajones de frutas. Vestuarios diminutos de una única ducha, y encima de agua fría. De baños secretos e impúdicos con miembros rozándose las nalgas donde los gemidos gruesos se confunden con nalgadas bárbaras. De amores entre hombres, putos y bufarrones. Hay historias de fútbol que te hacen vivir el fútbol y el vestuario, aunque seas, o no tanto, ese crack que nunca llegó. 

Hay historias de vida. Hay madres que preguntan cómo poner el pie para patear la pelota y ríen. Que siempre se ríen.  Madres que te cuidan los dientes porque saben que vas a reír toda la vida. Porque quieren que rías toda la vida. Y fútbol, siempre hay fútbol.

Nunca fui al bar de los pájaros. No lo conozco. Pero gracias a Agustín “creo haber dormido ahí anoche, como en un nido. Hay cosas escribiéndose en el estaño. En los pergaminos ocres desprendidos del techo como tu abrigo (hay un postre en el bolsillo entre las cartas y el libro de Levrero). En el poema ilegible del baño. En la tormenta negra que se abre como una invitación. En tus manos agarrando el aire. En el espejo donde hay una foto de una niña de buzo rojo haciendo un gesto que tendrá para siempre. Hay otras fotos en el espejo también, son los gestos nuestros que arrastramos desde que tenemos la edad de Teo. Nos corremos un poquito para vernos mejor, a las espaldas de las botellas, cerca del banderín del Bilbao. Cerca”.


Danilo Urbanavicius

Licenciado en Gestión Cultural por la Facultad de la Cultura de la Universidad CLAEH y Comunicador Social. Asistente de Decanato, tutor de proyectos de egreso en la Tecnicatura en Gestión Cultural y Coordinador académico de la Tecnicatura en Gestión de Instituciones Deportivas, Facultad de la Cultura. Es co autor del libro La nueva cultura del ballet en Uruguay, un trabajo de investigación de corte cuantitativo y cualitativo que indaga en las características del público del Ballet Nacional del Sodre. Gestionó diversos proyectos culturales tanto en el ámbito público como privado. Co-director Gestión Cultural UY.

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