Emergencia: formas de hacer música en Uruguay

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 Foto Jhona Lemole 
Por Salvador García
Llega un día en el que te das cuenta que hay un puñado de gente a la que le interesa tu música. Te encuentras con mensajes dándote las gracias por haber compuesto y dicho tal o cual cosa en una canción. Un desconocido te reconoce y te felicita por algún material de tu autoría con el que se encontró una tarde en internet. En las redes recomiendan y comparten tu música sin ningún tipo de interés aparente, en otras partes del mundo deciden pagar U$S 10 por la descarga digital de tu “disco” que además está disponible gratuitamente. En los recitales compran la remera de tu banda, un disco, un calco, la entrada.

Para quienes decidimos hacer las cosas por nuestra propia cuenta y sin esperar nada de nadie, cada gesto de este tipo es muy valioso y da muchísima fuerza. Son impulsos que ayudan a creer e insistir en una forma de hacer y decir construida fuera de los parámetros a los que supuestamente debemos asistir por defecto como músicos.

Entonces vas perdiendo el miedo a mostrarle al mundo lo que haces, y tocas más seguido en vivo, y te sigue sorprendiendo ver rostros nuevos y más rostros que se repiten haciendo crecer aquel puñado de personas que, por alguna extraña razón que no logras descifrar del todo, se acercan a escuchar.

En los espacios donde estás acostumbrado a tocar, las precariedades están a la orden del día, muchas veces no te escuchas como quisieras y técnicamente terminas conformándote con hacer lo mejor que se pueda con los elementos que en ese momento están a tu alcance. La enorme mayoría de los bares que pueden tener música en vivo no cuentan con los equipos adecuados y el mejoramiento de estos recursos no forma parte de sus prioridades. Recientemente han surgido nuevos espacios y salas que de a poco van abriendo sus puertas a proyectos nuevos, aportando de esta manera a una deseable igualdad de oportunidades para tocar en condiciones aceptables entre quienes tienen muchos años en la música y quienes no.

En ocasiones lo accesible no va necesariamente de la mano con la calidad técnica que los espacios ofrecen, la Sala Camacua es uno de los nuevos lugares en los que confluyen proyectos de géneros y trayectorias disímiles, re inaugurada recientemente prometía un equipo técnico de gran nivel y lamentablemente se han detectado problemas que preocupan, como la inseguridad del sistema eléctrico que ha puesto en riesgo la integridad física de algunos músicos amigos.

Foto por Vico Ro - Casa de la Cultura de Maldonado


 Foto Vico Ro – Casa de la Cultura de Maldonado

Podría enumerar unas cuantas situaciones más en referencia a los inconvenientes que suceden cada fin de semana en salas, boliches o eventos, pero sería irrelevante, ya que jamás fueron un impedimento para seguir generando y haciendo cosas.

Luego te invitan a tocar a lugares más grandes, conocidos lugares en donde se empiezan a notar los detalles técnicos que otros lugares disimulan. No es que estos detalles no te preocuparan antes, es que jamás habías escuchado tu voz tan nítida ni tu guitarra tan limpia y potente en vivo.

Foto por Silvina Viera - Casa de la Cultura de Maldonado


 Foto Silvana Viera – Casa de la Cultura de Maldonado

Comienzas a necesitar espacios más grandes para tocar y se te empiezan a ocurrir ideas que necesitan un mínimo de infraestructura para llevarse a cabo.

Hay quienes le llaman a este proceso “profesionalización”, que sería algo así como egresar de un estado de aficionado para pasar a ser un profesional* de la música. Dicho proceso en teoría te depositaría en un circuito distinto a lo que hoy se denomina “emergente”, ”independiente”, “amateur” y hasta “marginal”. El componente dinero pasa entonces de un rol secundario a ser un elemento fundamental que define tu profesión como tal.

Foto por Cristhian Orta - LEM en Sala Zitarrosa


 Foto Orta – Limpiando Encontré Monedas, Sala Zitarrosa

Hoy, cualquier músico nuevo uruguayo con intenciones de hacer de su música un trabajo profesional se encontrará de buenas a primeras con un sistema hostil, a saber: intermediarios ineludibles, gestiones lentas, estandarización de recursos, insuficiencia de información y fragilidad (o inexistencia) contractual.

Es decir, todo aquel trayecto supuestamente en pro de hacer más efectivo y eficaz tu camino para mostrar tu música en mejores condiciones terminó por devolver un nuevo ecosistema lleno de precariedades pero de características distintas, institucionalizadas y estáticas.

La escasez de información nos lleva muchas veces a querer legitimar nuestro esfuerzo y valorar nuestro trabajo haciendo lo mismo que han hecho generaciones anteriores en contextos muy distintos. Absorbemos comportamientos y costumbres que no nos representan, simplemente para amoldarnos y no sentirnos excluidos.

 


 Campaña #Devolvenoslavoz de SUDEI

 

Es así que de un día para el otro te convences de que tus obras van a estar más a salvo si las registras, se comenta por ahí que a alguien una vez le “robaron” una canción y que no pudo hacer nada por no haberla registrado. Te dicen que ese trámite se hace en la Asociación General de Autores del Uruguay (AGADU) y terminas por asociarte a una empresa privada en la que tienes que confiar simplemente porque existe hace muchos años y todos los músicos profesionales lo hacen. Cabe aclarar que el registro de obras artísticas y literarias se tramita en la oficina de derechos de autor de la Biblioteca Nacional y no en AGADU.

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Nuevas problemáticas y cuestionamientos aparecen y te obligan a pararte desde un lugar más de negociante que de músico. Vives experiencias de lo más variopintas e informales a la hora de acordar el pago por un recital (caché**) pero ninguna tan engorrosa de gestionar como cuando el que te paga es el Estado. Resulta tremendamente incómodo cobrar luego de 60 días de haber tocado, por lo que muchas veces decides pagar en el momento a los técnicos y esperar para recuperar el dinero y pagarle a todos los demás involucrados.

Además, lo mínimo exigible en una gestión que te obliga a cumplir con una serie de requisitos formales es que precisamente dicha formalidad sea de ambas partes; contratado por el Estado muchas veces ni siquiera media un contrato.

Aprendes a exigir ciertas formalidades a los/as gestores/as de las salas y teatros donde tocas. Mientras más formalidades, más intermediarios.

En la mayoría de las salas por ejemplo, el precio de las entradas se fija teniendo en cuenta gastos y el porcentaje que cobra Tickantel o Red UTS por expedir las entradas electrónicamente. Es decir, sobre un precio de $200 hay que restar aproximadamente $30 por el servicio. Uno no puede decidir vender por cuenta propia las entradas a su espectáculo, parado desde el lugar de “artista no tan conocido” tiene más sentido priorizar la venta en mano o descentralizada por sobre la comodidad de obtener las entradas vía web.

El bordereau*** se divide luego de varios descuentos, entre estos lo que corresponde por concepto de derechos de autor (AGADU cobra igual por más que no seas socio) y servicio de venta de tickets. Sumen a estos descuentos el porcentaje por facturación que resta un 4% o un 5% y los necesarios gastos promocionales que exige una presentación de convocatoria amplia. ¿A qué parte de esos $200 se le puede llamar ganancia en términos económicos?

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 Foto Portada del disco «Todavía las nubes»

Hacer un espectáculo rentable se vuelve una aventura demasiado intrincada para un autor que está dando sus primeros pasos, mucho más cuando el estímulo para crear jamás estuvo fundado en la posibilidad de lucro.

El componente económico es sólo uno de los tantos que motivan la creación. Colocar el dinero como el principal móvil de tu proyecto también te puede encontrar un día distraído (o no) defendiendo cosas que no te representan.

Resulta sumamente extraño como muchos de los músicos de generaciones anteriores se desviven defendiendo causas intrascendentes y de bajo impacto para su economía en lugar de movilizarse para generar políticas culturales y oportunidades que faciliten el camino a quienes deciden vivir de la música dignamente.

En suma, tarde o temprano tienes que elegir con qué tipo de precariedades quieres lidiar y es saludable preguntarte qué tipo de intereses te representan, cuáles no tienen nada que ver contigo y cada tanto, recordar los motivos por los que haces música. Hay una gran incompatibilidad entre la dignidad y la profesionalización, conviene decirlo y conviene saberlo.

La organización en red sigue siendo la manera más efectiva de hacer las cosas cada vez mejor y a gusto, ya que permite experimentar nuevas formas de gestionar ideas y recursos que tienen que ver más con plasmar nuestra identidad colectiva y menos con la historia del mercado musical.

Festival Peach & Convention V


 Foto Festival Peach & Convention V (diciembre 2015)

 

* Profesional: En Uruguay esta definición es un inconveniente porque como es sabido, son realmente pocos los músicos que viven exclusivamente de hacer su música.

** Cachet:  Se le llama cachet y corresponde al valor económico de la presentación en vivo del músico o banda. No incluye transporte y hospedaje por ejemplo

***Bordereau: Significa repartir los ingresos del espectáculo en porcentaje acordado con la sala y demás partes.

#Pique: Si en tu proyecto musical tocan temas de autoría propia y no son socios de AGADU puedes presentar los días previos al recital este documento. Basta con imprimirlo, completar los datos de la presentación y firmarlo para que se reconozca tu derecho a no pagar una tarifa que no corresponde a tus obras.


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Salvador García, músico nacido en Maldonado en 1984. Docente de Expresión Musical y Teatro. Compone canciones desde los 15 años y ha sido parte de varias bandas de diferentes estilos. Lidera la banda Limpiando Encontré Monedas con la que grabó el disco “Un paseo en Bicicleta” en 2012. Publicó su primer disco en solitario en 2015 (Todavía las nubes).

Forma parte del Colectivo Esquizodelia y coordina el sello copyleft Vía Láctea Ediciones.

 

 

 

 

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