La antena invisible o el visor de la imaginación

 

Por Gastón Fernández Arricar

 

Recuerdo cuando era niño. En esa etapa ya tenía en claro lo que quería ser. Ni astronauta ni aviador ni bombero ni jugador de fútbol ni abogado ni doctor. Yo sabía que mi corazón (y en parte mi destino, si es que creen), estaba marcado por el arte y la cultura, sin comprender, a ciencia cierta, de qué se trataba. Fui consciente, a partir de ese momento, que no había vuelta atrás. De niño empecé a escribir, a tientas. De niño empecé a actuar, trepándome a las paredes del patio de mi casa. De niño empecé a perfilar los personajes que después me habitarían, debajo de la piel y fuera de ella.

De mi niñez ya han pasado muchos años. Las cosas se han transformado, pero la vocación no, se ha robustecido. Me crie en un territorio en donde el arte y la cultura se ceñían a parámetros de rigurosa ilusión: casi todo había que imaginarlo. Eso fortaleció el espíritu creador. Supe que el mundo era una región más extensa, profundamente inabarcable. Ser hoy aquí no es lo mismo que haberlo sido tiempo atrás. El futuro siempre es el lugar que conjeturamos equívocamente, ese que arañamos con la vicisitud de lo improbable. Haber atravesado esa línea entre el ayer y el hoy, nos convierte en protagonistas privilegiados de la historia. Pertenecemos a la generación de los que agitaban la antena del televisor para poder enganchar, con suerte, una señal difusa que nos llegaba de la vecina orilla. Y también somos de la generación “netflixer”, que ha aprendido tanto de maratones como de la rayuela o del “ring raje”.

Sobre millenials y cultores

Aquel niño rudimentario nada tiene que ver con este adulto un poco millenial que ha sintonizado con aquella antena (de las que ya no se usan), pero que mantiene intacta la otra, esa que siempre existirá. Una antena invisible que nos conecta con el concepto de la creación artística adaptada al universo que se despliega ante nuestros ojos; un universo donde la cultura tiene la denodada labor de acomodarse al futuro que le espera. Una cultura de acceso igualitario, más universal. Una cultura despojada de prejuicios y con una mirada integradora y responsable. Una cultura de pertenencia, no descartable. Una cultura abierta al mundo, no restringida.

La literatura, el cine, la televisión, el teatro, la música, la danza, la publicidad, el diseño, en fin, todas las manifestaciones artísticas y todos los servicios que comprenden los conglomerados de comunicación, se han “colgado” de su propia antena para alzar la cabeza en un tiempo donde la posmodernidad (o más allá de ella) nos habilita como peones de un juego en donde innovar es la regla. En un país pequeño como Uruguay, la cultura se resignifica en nosotros, en todos los que hacemos de ella nuestro visor de imaginación y nuestra propia antena: la de la supervivencia.

El poeta, ensayista y músico estadounidense Ezra Pound, representante ilustre de la denominada “generación perdida”, expresó: “Los artistas son las antenas de la raza”. Y el arte nos salva, indefectiblemente, de una existencia llana y poco memorable. Sabemos, que cuando fuimos niños, el arte era aquello en lo que hoy nos ha convertido. Debemos ser cultores de las ideas. Y debemos ser cultores de los nuevos desafíos que nos depara el futuro; un futuro que seguiremos conjeturando, equívocamente, agitando una antena.

 

 

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