La porfía como modelo de gestión

Lanzamiento por los 200 años de la Biblioteca Nacional, 28 de agosto 2015


 

Foto Agustín Fernández
Por Imaginateatro Paysandú

 

Cuentan que en 1859 el entonces Jefe político y de Policía de Paysandú, Cnel. Basilio Pinilla reunió a un grupo de ciudadanos y dicen que les dijo: “Ya construimos la Fe, ya construimos la Justicia. Les toca a ustedes construir la Cultura”. Ese fue el primer impulso para lo que luego sería el Teatro Progreso, hoy Teatro Florencio Sánchez. Y dicen que también dijo: “El teatro que vais a levantar encierra en él el germen de grandes lecciones que formarán la inteligencia y el corazón de todo un pueblo. La idea es grandiosa, humanitaria y moral (…) Es la fuente cuyas aguas cristalinas sanan y purifican las heridas del alma y en las que el hombre encuentra el principio de su ventura”

En sus orígenes este edificio era privado y fue constituido con el objetivo de poder tener un lugar donde los ciudadanos de una creciente y próspera sociedad sanducera pudieran disfrutar de los grandes espectáculos que se presentaban en Montevideo y Buenos Aires. Recién en 1975 el Florencio pasa a manos del Estado tras ser declarado Monumento Histórico Nacional.

 

Teatro Florencio Sánchez

Fachada del recientemente restaurado Teatro «Florencio Sánchez», ciudad de Paysandú.


Foto Cinthya Moizo

 

En aquel momento este teatro surgió como una necesidad social impulsada por gobernantes y particulares. Hoy, más de un siglo y medio después, ese teatro continúa abierto y se le han sumado otras salas y espacios independientes. Pero hay una gran diferencia: la sociedad ya no los necesita. De vez en cuando hay algunos destellos, pequeños fueguitos: abren nuevas salas, se restauran viejos teatros, se reinauguran espacios que estaban cerrados.

Pero cuando se apagan las luces del glamour de las inauguraciones, cuando el mozo del catering se afloja el nudo de la corbata y se dispone a juntar cansinamente los papelitos de los canapés o algún sanguche de queso mordido -a nadie le gustan los sanguches de queso- asoma esa otra realidad mas desnuda, mas incómoda, oculta apenas a las luces de las cámaras.

A veces me encuentro un poco alejado del optimismo de los impulsores de recuperaciones, aperturas y reaperturas de infraestructuras culturales. Sobre todo cuando la realidad te muestra su costado oscuro. Cuando los “me gusta” o los “asistiré” feisbuqueros no coinciden con la cantidad de gente que efectiva y presencialmente opta por el encuentro verdadero. Hecho éste que responde a esa lógica virtualeta de los tiempos corrientes que nos permite asistir a eventos, ser ambientalistas o activistas de cualquier causa animal, vegetal o humana sin despegar el culo del sillón. Cuando te percatás de la escasa producción artística local acompañada sin dudas, de la falta de estímulo de un mercado inexistente o tan escaso que no compensa las horas de preparación. Cuando algunas encuestas -que en ocasiones tienen la misma credibilidad que los «megusteos» virtuales- nos cuentan que solo un 2% de la población pretende una buena gestión municipal en materia de “cultura y deporte”. Asi, todo junto. Amontonadas dos grandes áreas en una sola para que al menos marque en el score. Y una abrumadora mayoría considera que lo más importante son las calles lisas y los amortiguadores sanos.

No es un dato que llame la atención en una sociedad estancada en el recuerdo de tiempos mejores, de vacas gordas, de silbatos fabriles, de colas de camiones remolacheros por Avenida Salto. Estáticos en ese milagro industrial que se desvaneció hace muchos años pero no nos dimos cuenta. Clavados como estacas en el sueño del laburito para toda la vida que nos permitiera tener la casita, el autito, las vacacioncitas… Quietos en el tiempo de los cinco cines, del Florencio repleto, de los teatros llenos y los carnavales multitudinarios. Todo en un idílico pasado de prosperidad y abundancia. ¿Como nos paramos en el presente y nos proyectamos hacia el futuro con un lastre tan pesado porfiadamente atado a los tobillos?

En este estado de melancolía perpetua, ¿es realmente necesaria la infraestructura cultural? Si definimos la necesidad como algo sin lo cual no se pueda vivir, entonces no. No es necesaria.

Sin embargo creo que ninguna sociedad que aspire a la trascendencia y a generar una identidad cultural que nos ponga a resguardo de la creciente invasión mediática puede darse el lujo de privarse de sus artistas y de los espacios de encuentro. Y es ahí donde entra a tallar la porfía como modelo de gestión cultural. Esa obstinación casi demencial de generar y mantener esos espacios en una sociedad cada vez mas virtualizada. Eugène Ionesco decía: «Si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya.» Si comprendemos cabalmente la imprescindibilidad del arte y de sus espacios de encuentro, entonces es inútil que perdamos el tiempo discutiendo sobre su sustentabilidad económica. Hay que hacerlo. Y punto. Las salas de teatro independientes o estatales no son sustentables desde un punto de vista exclusivamente económico. No son un negocio rentable en absoluto. En Paysandú, si tener una sala de teatro fuera negocio, Macri ya tendría una. Entonces, ¿como subsisten las numerosas salas independientes que existen, sobre todo en el interior? Por la porfía. Porque existen hombres y mujeres dispuestos a utilizar su tiempo vital al servicio de esos proyectos. Porque como decía Sábato, “en estos tiempos de triunfalismos falsos, la verdadera resistencia es la que combate por valores que se consideran perdidos”


Itea

Este artículo fue elaborado por Darío Lapaz, artista y gestor cultural. Integra el colectivo Imaginateatro de la ciudad de Paysandú.

*Las opiniones expresadas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Gestión Cultural UY.

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