Museos en deconstrucción

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Foto Museo de la perpetuidad (Paysandú)
Existe una idea en nuestro país: que en enero no ocurre nada en Montevideo. Aunque es uno de los períodos del año con mayor afluencia de visitas internacionales que tiene la capital. De alguna manera, aprovechando este aire internacional que vive la capital y para poder sobrepasar la lentitud veraniega, uno se vuelve una especie de guía turístico para los amigos de los amigos que visitan por primera vez Uruguay. De las pocas cosas para hacer en estas fechas, además de recorrer la rambla de par en par, está la visita a un sin fin de museos que tenemos.

A partir de estos recorridos y de mi experiencia laboral, se me fueron ocurriendo algunas reflexiones que quiero compartir con los lectores de GCuy. En esta oportunidad el foco son los museos y el poder.   

La palabra museo viene del griego y hace referencia a los templos dedicados a las musas. Esto nos ayuda a comprender esa intrínseca relación entre el museo y el lugar de adoración, que para el caso de los griegos representaban los templos. A lo largo de la historia los lugares destinados a la conservación de objetos, como en la Edad Media los monasterios o más adelante la casa de algunos aristócratas, fueron los antecedentes de lo que hoy conocemos como museos.

La idea más aceptada de lo que es un museo en la actualidad proviene de la modernidad, y tiene una unión entre los ideales burgueses y la construcción del Estado Moderno. La nueva clase dominante, la burguesía, en su afán de reconstruir las cosmovisiones de la sociedad, tiene entre uno de sus proyecto el arte.

Ese plan civilizatorio de la modernidad tuvo varias instituciones construidas desde el Estado, una de ellas es el museo. Esta nueva institución moderna tuvo entre sus principales objetivos la confiscación de los objetos que poseían un determinado valor para una comunidad, siempre que se correspondieran con los ideales que se proyectaban en esa época. En ese sentido, al recordar los análisis de Foucault sobre la manera en que el poder construye discursos a partir de ciertas instituciones, podemos comprender las dinámicas que se esconden tras la fachada de estos nuevos templos de adoración. Es más, las instituciones modernas que analiza Foucault son de confinamiento: el asilo, la clínica y la prisión, que interrelacionadas construyen su poder de dominación a partir de las definiciones discursivas que de ellas surgen: la locura, la enfermedad y la criminalidad.

El museo como institución de la modernidad, también en su afán de conservar y educar, confisca los objetos que son necesarios para construir la noción discursiva que quiere imponer el poder. En el caso de los museos dedicados al arte, la noción que se impone es la del arte y sus obras son los prisioneros. Esta es una forma de organización del saber epistémico de una sociedad. No solo por lo que contienen esas cuatro paredes, sino también en la manera en que son exhibidas o representadas en función del discurso hegemónico.   

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Museo Nacional de Artes Visuales (1950)

A partir de esto, propongo dos definiciones complementarias de los que es un museo. La primera se puede comprender con facilidad: la idea de la modernidad dentro de un discurso de poder. Uno de los primeros teóricos americanos que abordó el papel de los museos dentro de la nueva sociedad fue Brown Goode: “El museo es una institución dedicada a la preservación de objetos que ilustran los fenómenos de la naturaleza y las obras del hombre, y a la utilización de éstos para el fomento del conocimiento, la cultura y el florecimiento de las personas.” De ella se desprenden varias categorías discursivas que intentan disimular las lógicas de poder que conllevan, porque esa pseudo-emancipación que implica el florecimiento de la persona va a estar ligada con el que tiene las llaves de la puerta del museo. Esta definición edulcorada de los museos fue la base para construir una categoría internacional de lo que en la actualidad se acepta.

En nuestros días, la noción más aceptada es la del International Council of Museums (ICM), que además es la misma que adoptó la UNESCO. “Es una institución de carácter permanente y no lucrativa, al servicio de la sociedad y su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, estudia, comunica y exhibe el patrimonio material e inmaterial de la humanidad, con fines de estudio, educación y disfrute, la evidencia material e inmaterial de la gente y su entorno.” Lo más importante de esta definición, es que su legitimidad internacional le permite ser la base de las decisiones políticas cuando se habla de museos.

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Museo Histórico Nacional

Ahora bien, en cuanto al museo como espacio de contención del arte, quiero remitir al ensayo de Douglas Crimp titulado “Sobre las ruinas de los museos”, el cual es un análisis de las estéticas contemporáneas a partir de las rupturas en la posmodernidad. En ese sentido, la primera apreciación que quiero retomar esta incluida en la siguiente cita: “El conjunto de objetos que despliega el museum se mantiene unido sólo por la ficción que de alguna manera los constituye como un universo representacional coherente.”. De esta forma, las estéticas rupturistas de las vanguardias comienzan a tener un desplazamiento a favor de la construcción de un discurso sobre el arte hegemónico, en la medida que son reorganizadas en las paredes de las instituciones museísticas. “Y la historia de la museología es una historia de los intentos diversos por negar la heterogeneidad del museo, de reducirlo a una serie o a un sistema homogéneo.“ Lo que nos propone Crimp en su ensayo es poder entender la decadencia de las instituciones museísticas posmodernas, que buscan re-ordenar un ruptura dentro de lo roto. Las vanguardias traían un cierto aire de transformación y cuestionamiento con la manera de concebir las instituciones de legitimación artísticas, pero que luego se fueron desplazando cada vez más en esa dinámica hacia las paredes de lo que antes se negaba. Por  ende, los esfuerzos discursivos en los museos pos-modernos buscaban volver a encauzar  cualquier tipo de ruptura con el poder hegemónico.

Uno de los ejemplos más destacados de esos desplazamientos se encuentra en la exposición de Arte Degenerado  (Entartete Kunst) en el museo Haus der Kunst en Múnich en 1937. En el mismo momento en que se quemaban los libros prohibidos, los nazis decidieron utilizar el poder intrínseco de las instituciones museísticas para imponer un discurso sobre el arte. Bajo el título de arte degenerativo, las personas podían conocer en el museo todo aquel arte que estaba mal y los textos explicativos de las obras contaban, según los nazis, la decadencia del artista y su arte.

Este breve recorrido es un intento de deconstrucción de los museos, no para destruir, sino para asumir el rol que cumplen en la sociedad, su capacidad política de imponer un discurso y sus límites como agentes transformadores. En una próxima entrega, pensaremos la realidad de los museos en Uruguay, donde la laicidad y el facilismo en las políticas culturales fueron elementos que ayudaron a la multiplicación de los museos y eso, a su decadencia.

Nota realizada por Williams Martínez para Gestión Cultural UY


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Williams Martínez es técnico en Comunicación Social con especialización en Relaciones Públicas y Audiovisual; y técnico avanzado en Gestión Cultural cursando la Licenciatura en Gestión Cultural del Claeh. Trabajó en: Teatro Solís, Espacio de Arte Contemporáneo, Museo de Arte Decorativas, Festejo del Bicentenario 1811-2011, Museos en la Noche, Festival de Artes Escénicas del Uruguay 2015, entre otros. Actualmente es parte del equipo de producción de la Dirección Nacional de Cultura y parte del colectivo de Gestión Cultural Uy.

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