Repaso a la #MeriendaGCUY 2016


_mg_6336Por Matías Castro
 
Fotos de Agustín Fernández Gabard: Gerardo Grieco dando la bienvenida a la 2da edición de la #MeriendaGCuy

 

Hippies extranjeros y militares uruguayos levantan una pared, codo a codo, para terminar una construcción. Una banda de música formada en la cárcel de Punta de Rieles comparte escenario con otra formada por internados del Cottolengo Don Orione; los primeros con escolta policial y los segundos acompañados por monjas. Un equipo de documentalistas uruguayos cree entrevistar a dominicanas que viven en el país, cuando en realidad se trata de haitianas, engaño que sale a la luz cuando una dominicana se ofrece a intermediar y los guía hacia sus coterráneas.

La primera situación sucedió cuando se construyó la primera escuela autosustentable de Latinoamérica, en Jaureguiberry. La segunda sucederá en la edición 2016 del festival Peach and Convention, del colectivo Esquizodelia, que ha crecido por sus propios caminos de autogestión desde hace once años. La tercera se produjo cuando el equipo de Mayra Da Silva empezó a filmar un documental sobre dominicanas y descubrió todo un universo oculto a la vista de cualquier montevideano.

 

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 Foto Agustina Rodríguez

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Los tres casos se produjeron porque los responsables de los proyectos decidieron quebrar sus propias fronteras e internase en terrenos que iban conociendo sobre la marcha. Porque sus responsables se zambulleron en el terreno de la gestión cultural, pero sin saberlo ni proponérselo, solamente con sus objetivos muy personales como fuente de energía. Esas tres historias, que empezaron desde una inquietud íntima, se convirtieron en hechos públicos que, cada una a su forma, tuvieron impacto en la sociedad. Tanto que todos han sido titulares de noticias.

En la segunda edición de la Merienda de Gestión Cultural UY estuvieron los tres. Martín Espósito habló por el colectivo Tagma y su Escuela Autosustentable, en cuya construcción terminaron colaborando militares y voluntarios del extranjero. Mayra Da Silva contó la historia de sus fotos de Montevideo Afrotown y su documental Dominicanas. Y Salvador García representó al colectivo Esquizodelia para explicar su modo de trabajo y cómo un “grupo de borrachos” llegó a recibir una banda escoltada por policías y otra con monjas.

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Gerardo Grieco, ex director del Auditorio Nacional del Sodre y, además, uno de los mayores gestores culturales del país, abrió la charla con la historia de la túnica. La misma que se usa en la escuela.

“Las túnicas en la escuela no vienen de (José Pedro) Varela, son muy posteriores. Surgieron de una protesta de los guardas de transporte público, que se quejaban porque no podían distinguir a los niños de escuelas públicas. Esto te hace pensar en cómo una acción corporativa influye en la construcción del imaginario. Fijate cómo se transformó la realidad a raíz de eso. Y si se escarba, casi todas nuestras tradiciones culturales nacen como un invento, un decreto, una necesidad de la sociedad. Por eso tenemos que pensar cómo nos organizamos, qué tradiciones estamos inventando para ser mejores personas. Y por eso tenemos que juntarnos a soñar juntos cómo lo hacemos mejor”.

“Espacios como estos (la Merienda), en los que soñamos juntos, en los que la gestión cultural se mete a construir algo mejor, son algo urgente. Capaz que siempre lo fueron, pero la época que vale es esta, la nuestra. Porque tenemos una explosión tecnológica que nos armó un desparramo importante, tenemos una atomización de espacios muy fuerte, y tenemos la necesidad de construir políticas públicas mucho más proactivas en el desarrollo de la cultura. Tenemos que meter la gestión cultural en todos los espacios, las empresas e instituciones, para que esté alineada a nuestra identidad y a lo que somos como ciudadanos.”

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Y esto es lo que dijeron los tres oradores…

 

Paso 1: porqué fijarse donde nadie más lo hace (y desde cuándo nos fijamos en eso)

Martín Espósito, de Tagma y Escuela Autosustentable: “Creo que tiene que ver con lo que a uno le toca. Yo siempre vi a la educación primara como algo que no tiene nada que ver con el mundo actual, con las necesidades de hoy. Es reconocer un punto de inflexión en tu entorno, y creo que de ahí viene la pasión, de eso que te toca. Empecé por plantearme cómo quería vivir yo y entender lo lejos que estaba de eso. A partir de ahí me di cuenta de que si un niño lo vivía desde la escuela, podría llegar a otro punto”.

Salvador García, de Esquizodelia: “Tiene que ver primero con lo que uno se propone como persona. Uno se acerca a determinadas cosas porque hay otros con sentimientos similares. Cuando uno produce arte o cultura, uno puede elegir de qué lado estar como ciudadano que produce. Esto pasa por detectar qué necesidades tengo y no veo cubiertas en el circuito cultural”.

Ino Guridi, Dj y música integrante de Esquizodelia: “En el colectivo somos unas diez mujeres de un total de setenta integrantes, y por eso me interesa, o me siento embanderada con la idea de que haya más representación femenina. Me importa que de a poco se vaya sumando la visibilidad de género”.

Mayra Da Silva, de Montevideo Afrotown y documental Domincanas: “Esto se relaciona con mi historia, porque tengo una familia interracial. Estoy acostumbrada a que en las reuniones familiares de fin de año tenía una parte de familia negra negra y por otra parte blanca. En la escuela yo era la más negra de la clase, pero para los blancos, porque para los negros soy blanca. A partir de esas experiencias me planteé muchísimas cosas para construir desde los aportes”.

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Paso 2: cómo pasar del pensamiento a la acción (y cuándo hacerlo)

Martín: “Siempre estuve del lado de la comunicación y de temas que tenían que ver con lo social, con proyectos que yo creía que podían hacer la diferencia. Hace unos cuatro años me crucé con un documental llamado El guerrero de la basura, en el que un norteamericano canoso, veterano y con gorro de cowboy, presentaba una forma diferente de construir. En ese momento pensábamos en la bioconstrucción, en la forma en que vivíamos y en cómo nos agrupábamos. Justamente, este tipo nos mostraba una forma de construcción basada en que una casa tenga el agua que precisamos, que genere los alimentos, que se calefaccione automáticamente y que tenga su propio saneamiento. Esos principios se basaban en problemas que tenemos y que nos parecía increíble que no se estuvieran pensando. Por eso pensamos en aplicarlos a una escuela en la que el agua viniera del techo y, la energía, de las paredes. Esa iba a ser la base para generar un cambio. Así empezó un proyecto que llevó cuatro años de conseguir permisos, buscar fondos, sensibilizar y entender de qué forma íbamos a trabajar “.

“Demostramos que una escuela pública se puede construir en cuarenta y cinco días, que se puede educar a la gente mientras se construye y que, mientras se la piensa, se puede tomar en cuenta a los niños que van a estar ahí. Y descubrimos que quedó un aprendizaje, que podemos construir una escuela pública de esta forma. Nos dimos cuenta de que lo que hacemos es votar cada cinco años y después quedarnos criticando a los políticos. Este proyecto nos llevó a repensar nuestro rol como ciudadanos, a tener un papel más propositivo, a dejar el ego de lado y a entender que lo que a mí me sobra, a otro le falta”.

Salvador: “Colectivo Esquizodelia tiene diez años, es como una ameba que va cambiando y no tiene estatutos. Es abierto y está formado sobre todo por músicos que creen en la autogestión, y que el hacer comande todo. Nuestra vedette es el festival Peach and Convention, que se forma por dos días de bandas en escenarios enfrentados, sin intervalos entre una y otra presentación. Las del festival son bandas que están por fuera del circuito, y esto es porque no estaríamos avalados estéticamente por el mercado cultural. Nuestros discos quedan para descarga libre, porque compartir la información potencia el trabajo colaborativo. De hecho, que yo esté aquí no significa nada, porque la dinámica del colectivo cambia todo el tiempo y se adapta a las distintas necesidades que surgen. Por ejemplo, en el festival son los propios músicos los que atienden las barras, arman el escenario y cargan los equipos”.

Mayra: “Desarrollé Montevideo Afrotown durante tres años en veinte barrios, sobre todo del oeste con la idea de reivindicar la estética afrodescendiente y eliminar los estereotipos de moda, con una estética vintage que surgió de mi propio gusto y nada más”.

“Para el trabajo en Domincanas dirijo, hago la foto y produzco, pero tengo un equipo porque no puedo trabajar sola. Necesito sonidista y dos camarógrafos, más una referente domincana que es el nexo para llegar a esas mujeres. El trabajo en territorio se nos complica porque estas mujeres están, naturalmente, un poco desconfiadas; a veces ellas no entienden porqué queremos entrevistarlas.”.

“Al principio del rodaje del documental no teníamos un referente claro (para tratar con las dominicanas). Íbamos con las cámaras a las pensiones de Ciudad Vieja y muchas de ellas pensaban que éramos de la televisión. Cuando ya habíamos hecho unas cuantas entrevistas en varias pensiones, algunas dominicanas nos aclararon que algunas de las mujeres que habíamos entrevistado al principio eran, en realidad, haitianas haciéndose pasar por dominicanas. Nosotros no habíamos visto la diferencia, pero en un momento empecé a encontrar rasgos distintos. Tener esa interlocutora nos permitió no solo llegar a otras entrevistadas sino también llegar a fiestas y acceder al micromundo dominicano en Uruguay, que es impresionante”.

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Paso 3: cómo entender en qué nos metimos (y con quiénes lo hicimos)

Mayra: “Vivo mis proyectos como fotográficos, antes que culturales. Con Montevideo Afrotown me di cuenta sobre la marcha de lo que se trataba, porque empecé haciendo fotos sin pensar en la dimensión que después adquirió. No tenía nada guionado, salvo que quería trabajar con cierta población y pensar en lo estético. Pero al llegar a cada barrio y tratar con los vecinos, que nos prestaron locaciones, me fui dando cuenta de varias cosas, como cuando nos decían que parecíamos extranjeros. A partir de eso me cuestioné porqué en Uruguay tenemos un ideal de negro y si tenemos que repensarlo. Creo que la fotografía es un aporte para visibilizar. En el documental Dominicanas hacemos un trabajo diferente, más guionado y planificado”.

“Hubiera sido más cómodo tratar el tema (de los negros) desde el lado del candombe, pero quería abrir ese imaginario de una forma no tan vista en nuestro país. Y como para un afrodescendiente es más difícil acceder al circuito de la moda, mi idea también era la de hacer una producción de moda más consciente. El equipo de trabajo varió en el proceso, porque al no tener fondos lo hicimos a corazón y pulmón. A veces hacíamos las producciones cada dos semanas y a veces pasaban tres o cuatro meses entre ellas por la financiación. La idea es reivindicar una población vulnerable, como los datos lo marcan, que no tienen acceso a algunos derechos como ciudadanos y abrir la visión y la construcción de una sociedad más justa e igualitaria”.

Martín: “Entendimos que el camino no era pedirle plata al Estado, aunque lo nuestro se trataba de hacer una escuela pública. Hicimos un proceso muy orgánico que empezó, básicamente, al juntar amigos. Aprendí que en el proceso está bueno entender qué necesita escuchar el interlocutor al que uno se dirige. Qué quiere escuchar el Estado y qué quieren escuchar las empresas. Entendimos que el proceso iba a funcionar si nos patrocinaba una empresa privada, porque se trataba de niños y sustentabilidad. Entonces le dijimos al Estado que no se iba a tener que preocupar por nada. El proceso pasa por sacarle problemas al que no los quiere tener y darle soluciones al que las quiere tener”.

“En Jaureguiberry no había una comunidad unida y, aparte, una escuela sustentable era como la décima necesidad. Primero precisaban iluminación, una policlínica e incluso un Abitab. Por eso nos llevó unos dos años y medio de trabajo con la gente, de reunir a los vecinos en lugares no conflictivos y de superar las barreras entre el norte y el sur. Llegar de afuera con una idea que no fue pedida por la comunidad, fue uno de los grandes retos sobre el que aprendimos en el camino”.

 

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Paso 4: cómo armar un equipo sin dinero (y para qué hacerlo)

Mayra: “Si uno no está convencido del proyecto que hace, o si no le pone amor, da igual si tenés mucho dinero y fondos, porque va a fallar. Lo importante es ser consciente de que es tu proyecto y que lo vas a hacer, así te caigas diez veces como me pasó a mí cuando paraba por cuatro meses porque no tenía plata”.
“Dominicanas tiene un fondo de producción del Mides, pero no de posproducción. Yo junto equipos de amigos y gente que aporte desde el corazón. En Montevideo Afrotown a veces no tenía para costear un almuerzo o meriendas a colaboradores, como un mimo para ellos, que trabajaban honorarios. Cuando uno empieza los proyectos a veces no tiene las herramientas básicas. Cuando hice Afrotown no sabía ni siquiera en qué consistía el proyecto, pero ahora con Dominicanas ya sabía cómo gestionarlo”.

Salvador: “Precisamos de la voluntad que tengan las personas para hacer las cosas más allá de un rédito económico inmediato. Para mí, como gestor cultural, es importante tener un espacio como Esquizodelia, que sea de experimentación. Y funciona, aunque somos bastante desprolijos. Nosotros decimos que somos un grupo muy grande de borrachos, con mucho amor por lo que hacemos. Y logramos hacerlo. Hablando en serio: uno de los grandes potenciales de Esquizodelia es el modo en que circula la información en red, cómo cada integrante del colectivo comparte recursos (dónde grabar o imprimir más barato, cómo compartir instrumentos o tarjetas de sonido). Si la información circula, si el acceso a los circuitos se abre, es una forma de trabajo que se puede replicar, porque en la medida que pase habrá mejores proyectos y la red crecerá. La cultura tiene que ser trabajada en red”.

“Agregaría el factor de contención. Esquizodelia es un grupazo para cuando te das contra la pared y te caés, porque siempre van a estar ahí contigo. La mayor parte de nuestras alegrías viene de ver a tu compañero poniendo el lomo, aportando cosas que no tienen que ver con la circulación de dinero. El dinero es clave para un montón de cosas, pero hay otras que valen mucho porque tienen que ver con el proceso de trabajo”.

“Nos organizamos en comisiones para el trabajo del festival. Una es de escenario y luces, otra es para coordinar los horarios, otra para distribuir los trabajos, otros para los trámites y permisos, diseños, difusión. Esto se organiza según lo que cada uno quiere hacer. Y no hay una línea jerárquica, sino que intercambiamos entre las setenta personas. Pero no todos participan por igual, y esto no es necesario. Nos reunimos cada quince días y los que participan son los que deciden. Si a la reunión van tres personas que no tienen idea y ahí se decide alguna cosa rara, se acepta lo que se resuelve. Porque lo que importa es lo presencial y no tanto el mail; el que gana es el que le pone el cuerpo a las cosas”.

Martín: “Como éramos muchos, hubo muchos choques, pero nos movió el compromiso de los demás. Cuando cada uno se fue apropiando del proyecto apareció un empuje. Ahí está el poder de trabajar de forma horizontal, de confiar en las decisiones de todos. Como trabajamos de forma honoraria, esa fue la única manera de mantenernos en un proceso largo”.

“La paciencia es algo importante. Uno siempre quiere que los tiempos de los demás se ajusten a los de uno. Y en ese sentido hay que poner las cosas en su lugar, pero hay que tener paciencia de que las cosas caen cuando caen”.
“Ser emprendedor es estar dispuesto a dar un poquito más de lo que se da cuando uno tiene un trabajo de ocho horas. Tenemos el chip de que no estamos conformes con ese camino y de que tenemos que dar un poco más, algo propio, poner energía y hasta la salud”.

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 Foto Agustina Rodríguez

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Parte del Equipo #MeriendaGCUY

 

 

Gracias a las empresas e instituciones que nos apoyaron e hicieron posible la 2da #MeriendaGCuy: Hotel Orpheo, The Lab Coffee Roasters, Programa Emprende Cultural y Unión EuropeaCerveza Mastra y Dirección Nacional de Cultura del MEC.

 

** Todas las fotos son de  Agustín Fernández Gabard excepto fotos de Agustina Rodríguez (nro: 5 y 28)


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Matías Castro
Montevideo, 1976.
Periodista freelance, codirector de Montevideo Comics y ex estudiante de derecho. Trabajó en El País entre 2006 y 2013. Colabora ahora con El Observador, La Diaria, El País Cultural, las revistas Dossier, Seisgrados y Lento y ha escrito cinco libros de investigación y divulgación entre los que están “Terra Ignota: historia de Uruguay en la Antártida”, “Las dos muertes de Dionisio Díaz” y “Juegos tradicionales en Uruguay”. Ha sido editor de los libros de clásicos uruguayos de historieta que se regalan junto a la entrada del festival Montevideo Comics.
En su primera etapa periodística trabajó en el Semanario Brecha (secciones Cultura y Sociedad), en la revista Placer Gourmet Magazine y en Factor S. Fue también editor del libro Historias de la Calle, recopilación de entrevistas a gente en situación de calle, publicadas en la revista Factor S.

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