Temple de acero

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Por Mariana Mastrogiovanni

La performance de un músico tiene más similitudes con la de un bailarín o gimnasta olímpico que con la de cualquier otro artista. Su tarea es mostrar en el lapso de unos minutos el resultado miles de movimientos precisos, sutiles, coordinados a la perfección, producto de horas de ensayo, que sumados a años de práctica y estudio logran el producto final que es ejecutar una pieza.

En el caso de los músicos clásicos, que somos llamados «intérpretes» porque interpretamos lo que un compositor escribió, esa exigencia es mucho mayor porque debemos respetar y recrear sin margen de error o variación todas las notas, su tempo, afinación, estilo e intención de su creador, con un margen muy sutil para otorgarle nuestra impronta.

Es por eso que el momento del concierto se vive con una mezcla de emoción pero también con mucho susto y auto exigencia. Ganar confianza en un escenario no es cosa fácil, no solo requiere de muchas actuaciones en público, sino que estas deben ser sistemáticas, porque la escasa frecuencia entre una aparición y otra se vive casi como volver a empezar otra vez. 

La mayoría de los programas educativos y los maestros particulares de música no enseñan ningún tipo de relajación, visualización, respiración o disciplinas corporales que ayuden al manejo del músico en el escenario, entonces el momento del concierto para muchos termina en una lucha contra un cuerpo rígido que no es capaz de conseguir la destreza y soltura que lograba en los ensayos en casa, y una mente que percibe la situación como amenazante, muy lejos del disfrute.

Estas experiencias condicionan enormemente las futuras actuaciones, llevando al intérprete a dudar de su capacidad para ser músico y a cuestionarse  la continuidad en la carrera.

Varios recurren a tranquilizantes y betabloqueadores, quizás aquellos que decidieron hacer de la música su profesión, de quienes se espera que mantengan cierto nivel y que no lograron resolver la tensión que implica ejecutar a la perfección ciertos pasajes.

La autoestima de estas personas muchas veces está ligada a su desempeño en escena, muchas veces cuando el músico puso el 100% de las fichas en convertirse en profesional y cuando el dedicarse a otra cosa es altamente improbable. 

Entonces: ¿la música debería estar reservada a aquellos pocos que no sólo tienen la destreza y el don interpretativo sino que además tienen el temple necesario para sobrellevar una actuación sin que sus nervios afecten el resultado? 

¿Solo es necesaria la exposición repetida en escena para que la ansiedad disminuya? 

¿O deberían dársele a los estudiantes  desde el principio de su formación  musical herramientas para el manejo de sus emociones, de su cuerpo y sobre todo de los juicios de valor que hace sobre sí mismo?

Estos temas no se hablan ni siquiera entre los propios músicos, por lo que no existe mucha contención del entorno y terminan siendo tratados en divanes psicoanalíticos o conductistas en el mejor de los casos.

Show must go on?

mariana

Mariana Mastrogiovanni es una violista uruguaya, músico estable de la Orquesta Filarmónica de Montevideo. Ha actuado en diversas formaciones musicales abarcando géneros como la música de cámara, tango y rock. Se desempeñó como Secretaria de la Asociación Mujeres en Música Uruguay y es la creadora del Espacio Cultural Academia Musical Pocitos, lugar dedicado a la enseñanza de la música y a la difusión de eventos artísticos.

Linkedin: Mariana Mastrogiovanni

Contacto: Espacio Cultural Pocitos

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